Hay un lugar al que algunos llaman su casita. Un lugar donde se cuentan cuentos y se guardan recuerdos. Pero, ¿qué pasa con los que nunca pudieron contar su historia? Aquellos cuyas verdades quedaron por fuera de lo real.
En un lugar bien, bien lejos, se encontraba un desierto verde, donde las historias no existían ni se contaban, y por eso, no había ni magia ni canciones. Por eso, los animalitos que vivían ahí pensaban que soñar no era algo que existía de verdad.
En ese rincón del mundo, Pombo construyó un hogar. El problema era que solo se podía llegar atravesando montañas inmensas, esquivando los altos árboles del bosque salvaje, y sumergiéndose en una laguna negra, llena de bestias de todo tipo. Una odisea casi imposible para cualquiera que no perteneciera a ese lugar lejano, a ese hogar tan remoto.
Pero Pombo el galgo, era valiente. Y su amigo, Hico el caballito, también.
Todos los días, corrían y corrían por la tierra, por el agua y hasta a veces, por el aire, para llegar a un lugar que alguna vez supo ser el hogar de historias brillantes, llenas de maravilla y sabiduría. Un lugar al que ellos llamaban escuela, y que también supieron llamar hogar.
El desierto verde era conocido por ser un sitio desolado. La gente del resto del mundo se había olvidado de su existencia, y hasta sus propios habitantes se habían vuelto parte de ese mismo recuerdo borrado, de un pueblo que alguna vez fue increíble y que ahora era un misterio sin resolver. Por algún motivo, su idioma se volvió raro para los oídos de quienes no eran de ahí. Los cuentacuentos dejaron de visitar aquellas tierras, y las criaturas que anhelaban escuchar una historia más, quedaron solas, olvidadas, sumergidas en un silencio constante.
Sin embargo, Pombo se las rebuscó para convertir el desierto verde en un lugar de aventura y emoción. Se propuso así, viajar junto a su amigo Hico el caballito hacia lo que él llamó “la búsqueda de la historia más grande jamás contada”.

El desierto verde estaba cubierto por montañas inmensas. Pero había dos, en particular, que habían sido siempre los protagonistas de grandes relatos.
La primera, se conocía como la gran montaña de ALLIN P’UNCHAY. Había sido hogar, no solo de muchos de los habitantes originarios del desierto verde, sino también de todas las historias que reflejan su historia y cultura: grandes mitos, fábulas y canciones que se han transmitido de generación en generación, sobre las maravillas de la naturaleza, las criaturas y el amor.
La otra montaña era ALLIN TUTA, en honor a la noche y la oscuridad. Nadie del pueblo de Pombo había pisado jamás ese territorio misterioso de sombras. No había mitos, ni fábulas, ni sueños sobre esa montaña lejana, desconocida para el mundo y para la gente a la que alguna vez perteneció.
Pombo siempre tuvo esa idea en la cabeza: visitar ese lugar al que toda su vida le habían dicho que no fuera. Durante el día, casi todos los días de su vida, Pombito subía a la ALLIN P’UNCHAY y miraba hacia la distancia, esperando que las nubes se corrieran y dejaran ver la cima de lo que él sabía escondía una gran historia. Pero todos los días era lo mismo, no encontraba a nadie. No veía nada. Solo escuchaba el llanto lejano de un águila solitaria que volaba por ahí.
Hasta que un día, vio algo distinto. Una figura chiquita a lo lejos, que lo miraba. Se quedó quieto, en un silencio repleto de curiosidad, observando esa silueta lejana. Era un niño.
¿Sería un explorador? No podía saberlo.
Pombo empezó a aullar, una melodía que alguna vez fue de los exploradores. Su voz emitió una canción simple y dulce. Esperó una respuesta que nunca llegó. Y el niño, desde la otra montaña, se fue. Y el desierto verde volvió a ser solo suyo. La aventura que alguna vez creyó que vendría, se mantuvo en un sueño solitario escondido en el más allá de sus historias.
Durante las tardes, mientras Pombo exploraba, Hico el caballito inventaba los poemas más maravillosos:
Actos de amor
Ser bueno. Ser justo.
Los actos de amor, que encienden el alma.
Dar un abrazo cuando no hay sonrisa.
Dar agua a las bocas sedientas.
Los actos de amor, que encienden el alma.
Los actos de amor, que nos dan esperanza.
Enseñar. Enseñar. Enseñar, es un acto de amor.
Al día siguiente, luego de su breve encuentro con el explorador, Pombo encontró un lugar en el medio del desierto que le llamó la atención. Porque de repente, las palabras de las historias que guardaba en su memoria empezaron a cobrar sentido. Una pequeña habitación hecha de ramas y plantas, con un cartel en la puerta que él no podía leer ni entender. Con miedo y emoción, se dirigió hacia Hico el caballito. Él le dijo: Esto es para vos.
La sala se llenó de criaturas de todo el desierto, y cuando llegó el momento, todas empezaron a cantar.
Una canción para los animalitos errantes:
Vengan todos a escuchar la canción del más allá.
De amor y tristeza, de belleza y hermandad.
Les canto a ustedes esta dulce verdad.
Hay una historia tuya y mía.
Escuchá bien la canción del más allá, y todos juntos vamos a cantar.
Tierras de fuego, mares de esperanza.
Almas aventureras, acá es donde pertenecen.
Les canto para que crean, que hay mucho más por ver.
Hico el Caballito les prometió a los animales del desierto verde historias de amor y personajes maravillosos, fuertes y asombrosos. Y cumplió con su promesa.
Al día siguiente, les mostró el camino hacia una sala llena de libros y dibujos. Colores que no eran verdes, palabras desconocidas, y relatos que esperaban con paciencia a ser contados.
Los animalitos se quedaron boquiabiertos, y por primera vez, Pombo agarró un libro.
El Caballo entonces recitó:
Queridas criaturas, esta es su biblioteca.
Un lugar que vive sólo si se lo cuida con atención y respeto.
Un lugar lleno de secretos por descubrir y relatos por explorar.
Yo les voy a ayudar en el camino, y podemos viajar juntos por las maravillas de los personajes que en estas páginas muestran su verdad.
Pombo se sentó en el medio del espacio, llevando el libro en el hocico. No sabe leer, pero puede sentir. Él entiende.
Leer es creer que lo imposible puede volverse real. En todo el mundo hay ríos que guardan historias de lenguas, imágenes y culturas que se perdieron en el tiempo y la memoria.
Es nuestra responsabilidad no olvidarlas. Aprender sobre los misterios de las tierras olvidadas, de las historias de vida. Sobre la belleza que vive en las palabras que dicen la verdad. Y si mienten, entonces que sean invenciones puras del imaginario.
Las historias son llavecitas que abren un mundo extraordinario dentro del real. Cuando eso es posible, entonces todo lo es. Pero todos debemos tener esa posibilidad.
Los desiertos verdes deben ser explorados, no olvidados. Existen en nuestros sueños, y en los sueños de quienes pertenecen a ellos. Existen, y sin embargo, nadie los conoce. Así que, si leer es creer que lo imposible puede volverse real, entonces, la única forma de explorar el desierto es permitiendo que la literatura llegue hasta allí.













